la vida no tiene precio

Etiopía, ¿qué hacemos con la basura?

Publicado: 2013-04-21

Les presento este relato, siguiendo el discurso visual de Javier Corcuera, el cineasta peruano, de un día en la espalda del mundo. La historia nos las cuenta Nicholas Parkinson y transcurre un día cualquiera, en las afueras de Dessie, Etiopía, en los basurales sobre la montaña Arzua, en el mismo escenario donde hace cientos de miles de años nació, se irguió, nuestra especie. Y donde hoy siguen viviendo como pueden aves carroñeras, baduinos, hienas y un grupo de Homo sapiens que no pudo, revoluciones de por medio, dejar la prehistoria y aún depende de lo que otros seres vivos arrojan a desgano. Dessie, lamentablemente, es uno más de los tantos pueblos que existen en este planeta cruel que a veces solo gira para beneplácito de los privilegiados que no habitamos la espalda de ese otro mundo, desconocido e infinito.

Por Nicholas Parkinson, vía elpuercoespin.com.ar

Cuatro años atrás, el pueblo de Dessie decidió que ya no era un pueblo. La basura apilada en las calles marcó la transición. El Dessie que había sido “pueblo” no se preocupaba por sus deshechos, que parecían ser llevados por las lluvias, recogidos por los pobres, comidos por las cabras o llevados en las bocas de las hienas por la noche. Un día, sin embargo, la basura dejó de desaparecer, y Dessie, La Ciudad, debió encarar el tema del manejo de la basura.

Dessie, ubicada en el altiplano Welo del Norte de Etiopía, vio crecer su población de 90.000 en 1995 a más de 220.000. La ensanchada población se derramó por los bordes naturales de la ciudad entre la escarpadura del altiplano hacia el oeste y los altos acantilados de las montañas Tossa hacia el este. Sobrepasada de humanos, la basura apareció en terrenos vacíos, en ríos, en casi cualquier lugar en el que encontrara espacio para acumularse. Las pilas de basura se volvieron demasiado altas incluso para que las tragaran las cabras. Los dessianos necesitaban un sistema para recoger y tirar la basura si querían mantener las calles libres de fruta podrida, huesos, bolsas de plástico y demás. Cada vez más, también, estaba el problema del olor.

En consecuencia, el gobierno de la ciudad asignó un camión de basura y una pequeña flotilla de obreros para peinar las calles de Dessie dos veces por día. Luego, el camión iba hasta la montaña Arzua, en el borde de la escarpadura al sudoeste de la ciudad y arrojaba la basura por un acantilado, rindiendo tributo al adagio: ojos que no ven, corazón que no siente.

Pero los ojos que no ven a veces se deslizan hacia el corazón de otro…

En otra era, tal vez geológica, la montaña Arzua hubiese sido un paraíso ecológico. Profundos y espaciosos cañones separan monolitos de basalto cubiertos de bosques y poderosas cascadas se lanzan desde la escarpadura, serpenteando al oeste hacia el gran río Awash. Uno puede imaginar al hombre primitivo caminando desde el valle Rift –a menos de 100 kilómetros de distancia—hacia las altas tierra de Dessie en busca de caza y de ocio, una escapada fuera de la caliente cuna de la humanidad.

En la Etiopía actual, los bosques llevan largo tiempo devastados por el consumo humano y gran parte del agua de la nación ha sido desviada para saciar la sed de humanos y de campos. Los expertos estiman que solo está en pie el 3 por ciento de los bosques originales, y muchas comunidades, incluyendo la capital del país, Adis Abeba, dependen del eucalipto y su habilidad para crecer rápido, alto y fuerte.

Más allá de la extendida deforestación nacional, la montaña Arzua presenta una imagen aún más desoladora de una nación en desarrollo. Una polvorienta pila de rocas sueltas ha quedado convertida en una pared de basura, que arde y humea mientras se descompone anaeróbicamente.

La montaña de basura sostiene una cantidad de formas de vida oportunistas, incluyendo cabras, perros, burros, babuinos y humanos y, de noche, la ubicua hiena. Si Dessie es una ciudad moderna de Etiopía, la montaña Arzua es su toilette.

“Nadie se queja de este lugar. Es parte de la vida, y revisar la basura da trabajo a alguna gente”, dice un vecino que vive en Menagesha Amba, cerca del acantilado de basura. Viene a mirar a los que hurgan entre la basura y a los halcones que planean sobre las nubes de humo. “En verdad, vengo hasta aquí para salir de la ciudad”.

Cincuenta metros hacia abajo por la ladera de basura, Mifta, de 10 años, deambula con un palo roto entre mango podrido y cáscaras de banana hasta las rodillas. En la otra mano, lleva un balde de plástico verde. Babuinos gelada lo miran con recelo mientras baja por el muro escalonado. A los machos más grandes de la tropa no les impresiona el tamaño de Mifta, pero varios bebés gelada estallan en un frenesí, mitad juego, mitad miedo. Mifta vadea la oleada pestilente de basura y la hinca con el palo en busca de objetos sólidos que puedan estar hechos de metal o contener piezas de metal. El metal es dinero.

Cada vez que golpea un objeto duro, Mifta mete la cara en la basura para lograr una mejor vista. Mirando en lo profundo del océano de desechos, entrecierra los ojos ante el humo que empaña su visión y su mano diminuta extrae una hebilla de cinturón. Una ancha sonrisa aparece en su cara, coloca la hebilla a la altura de su vientre y, dándose cuenta de que no tiene cinturón, la arroja en el balde. Luego de subir el muro de basura, Mifta se encuentra con sus amigos y les muestra su botín: una guadaña sin filo, media docena de clavos, un grifo roto, varias llaves, una hoja de afeitar y una brillante hebilla de cinturón a la que le falta la pieza central. En la vida anterior del balde, obreros de fábrica en la India o en China pusieron un dije barato en el aluminio pulido entre dos grandes signos de dólares. Que el ornamento haya ido a parar a la montaña Arzua dice mucho sobre el comportamiento de nuestra especie y su papel en un mundo derrochador en el que la basura futura nace y muere en las manos de los más pobres.

El entero balde del tesoro pesa casi medio kilo, y Hailu, el vendedor de metal de Dessie, paga 8.50 birr (medio dólar) por kilo. Mifta lleva la ganancia a su tío, con el que vive desde hace dos años, desde que su madre murió súbitamente. El tío no lo manda a la escuela y no paga sus gastos, así que debe trabajar. Hay más dinero en recoger un kilo de metal de la basura que en lustrar zapatos en la avenida principal de Dessie, así que Mifta pasa sus días en la montaña Arzua.

La tropa de geladas que comparte la montaña ignora por completo los padecimientos de Mifta. Los humanos vienen a la montaña Arzua por el metal. Su búsqueda es repugnante y a menudo peligrosa. Los babuinos gelada también viven de la montaña, pero un día en Arzua es mucho más fácil de tragar. Vienen por la comida rápida. Rebuscan en lo bajo del muro de basura, recogiendo cáscaras de fruta que no han terminado en los labios de las cabras. Todas las señales sugieren que hay una buena vida en la base de la pila.

Los gelada son frecuentemente asociados con el Parque Nacional de las Montañas Simien en el norte de Etiopía. Esos gelada se congregan en grupos grandes, de más de cien, y se alimentan del pasto silvestre que crece sobre el tejido del ecosistema afroalpino. Los machos tienen pelo largo y flotante y llevan un majestuoso corazón rojo en el pecho, lo que les ha ganado el nombre de “babuinos de corazón sangrante”. Prácticamente todos los visitantes del parque nacional se encuentran con una tropa de babuinos y los ven moverse graciosamente y pastar en la ladera de la montaña. La experiencia es intensificada por el comportamiento social del animal y su habilidad para producir una amplia gama de sonidos que imitan a escolares en la cafetería de la escuela primaria.

El basurero de la ciudad, sin embargo, no es un documental sobre la naturaleza de la BBC Blue Planet. La tropa de geladas de Arzua dedica poco tiempo a rebuscar bajo la basura porque satisface sus necesidades alimenticias sin esfuerzo en la pila de desechos humanos. No es conservacionismo, no es pintoresquismo, es adaptación pura.

Temprano por la mañana, la tropa se desliza por la cuesta hacia la zona más baja del acantilado de basura, donde espera los primeros signos de comida: el zumbido del camión de basura y el pitido de la marcha trasera. Dessie ha “resuelto” su recién descubierto problema, y los gelada han hallado una nueva solución a la cuestión de la supervivencia en una montaña deforestada. El ruido del camión de basura es ahora el toque de trompeta del llamado a la cena.

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